Marina volvía del colegio arrastrando los pies. La mochila pesaba mucho y el sol seguía calentando con fuerza, aunque ya empezaban a caer algunas hojas amarillas. Por la mañana se había olvidado los deberes encima de la mesa y la profesora se los había recordado delante de toda la clase. Por eso, durante todo el camino de vuelta no levantó la vista del suelo.
Cuando llegó a su portal, su madre la estaba esperando en la puerta con una sonrisa enorme. A Marina le pareció raro: su madre nunca salía a recibirla. "Sube corriendo", le dijo, sin contarle nada más.
En el salón había un paquete grande envuelto en papel marrón, atado con una cuerda y con varios sellos pegados. En una esquina, escrito a mano, ponía: "Para Marina. De la abuela Lucía. Buenos Aires."
Marina se quedó parada un momento, sin saber qué hacer. Llevaba meses sin ver a su abuela y la echaba mucho de menos. Su madre la animó:
—¡Ábrelo, ábrelo!
Dentro había un cuaderno precioso de tapas duras de color granate, con su nombre escrito en letras doradas. Junto al cuaderno, una pequeña tarjeta: "Marina, para que escribas todo lo que te pase este curso. Un día me lo contarás. Te quiere, la yaya."
Marina abrazó muy fuerte el cuaderno. Después fue corriendo a su habitación, sacó un bolígrafo y, en la primera página, escribió la fecha. Cuando su madre subió a buscarla para merendar, Marina sonreía de oreja a oreja.