El primer día verdaderamente frío del año, Vera buscó su abrigo en el armario. Llevaba meses sin ponérselo y le costó encontrarlo, escondido detrás de las chaquetas más finas. Al ponérselo, metió las manos en los bolsillos por costumbre. En el bolsillo derecho notó algo: un papel doblado en cuatro partes.
Lo sacó intrigada. Era un trozo arrancado de una libreta cuadriculada, con la letra escrita a lápiz, un poco torcida. Decía: "Vera, lo siento mucho lo de hoy. No quería que te enfadaras. Si lo lees, búscame en el patio del colegio el lunes a la salida. Tu amigo, M."
Vera se quedó parada mirando el papel. No recordaba a ningún M. en su clase. Tampoco recordaba haber discutido con nadie justo antes de guardar el abrigo. La última vez que lo había llevado fue durante un campamento que duró una semana, el invierno anterior. Habían hecho excursiones, talleres y juegos por equipos con niños de otros colegios.
Cerró los ojos para intentar acordarse. Entonces le vino una imagen: un chico moreno, con gafas redondas, que se había enfadado mucho cuando ella le dijo en broma que su dibujo no era tan bonito como decían los demás. Aquella tarde no se hablaron más. Al día siguiente acabó el campamento y se fueron cada uno a su casa.
Vera tragó saliva. Habían pasado casi diez meses. Era imposible que aquel chico fuera todavía a buscarla al colegio el lunes. Tenía que haber metido la nota en el bolsillo entonces, cuando estaba enfadado, y ella no se había dado cuenta.
Aún así, Vera dobló el papel con cuidado y volvió a guardarlo. Algunas disculpas, aunque lleguen tarde, vale la pena conservarlas.