Diego se ató los cordones por tercera vez. Sabía que ya estaban bien atados, pero le temblaban las manos y necesitaba hacer algo. A su alrededor, los otros corredores estiraban las piernas y movían los brazos en círculos. Algunos charlaban entre ellos. Diego, en cambio, no podía hablar con nadie: tenía un nudo en la garganta.
Llevaba seis meses entrenando para este momento. Había salido a correr cada tarde después del colegio, lloviera o hiciese sol, y se había levantado pronto los sábados para hacer series en la pista del polideportivo. Su entrenador le decía siempre lo mismo: "Sal tranquilo, controla tu respiración y deja el sprint para los últimos cien metros."
Cuando el juez señaló las marcas de salida, Diego se colocó con cuidado en la calle tres. Miró un instante hacia las gradas. Sus padres le saludaron con la mano. Eso le devolvió el aire.
¡Pum! El disparo del juez sonó y todos salieron disparados. Diego no se asustó por los que corrían más rápido al principio. Mantuvo su ritmo, respirando como le había enseñado el entrenador. Conforme avanzaban las vueltas, fue adelantando posiciones: pasó del séptimo al cuarto puesto.
En la última vuelta, vio que dos chicos estaban escapando demasiado. Apretó los dientes y dio todo lo que llevaba dentro. No alcanzó al primero, pero adelantó al segundo justo antes de cruzar la meta.
Mientras recuperaba el aliento, doblado sobre sí mismo, su entrenador llegó corriendo y le abrazó. Diego sonreía. Nunca había tenido tan claro que aquello, fuera cual fuera el resultado, había valido la pena.