Sara solía pasar las tardes de los domingos en casa de sus abuelos. Mientras la abuela preparaba la merienda en la cocina, ella y el abuelo se sentaban en el salón a leer. El abuelo siempre le contaba cosas de cuando era joven y le enseñaba fotos en blanco y negro.
Una de esas tardes, mientras buscaba un libro en la estantería, a Sara se le cayó una caja de madera que estaba escondida detrás de unos cuadernos. La caja era pequeña, con la tapa decorada con dibujos hechos a mano. Sara la levantó con cuidado para ponerla en su sitio, pero al hacerlo notó que dentro algo se movía.
—Abuelo, ¿qué hay aquí?
El abuelo dejó el periódico en el regazo. Sara vio que se ponía un poco rojo. Sin decir nada, le hizo un gesto para que se acercara y le pidió que abriera la caja despacio.
Dentro había muchos sobres atados con una cinta, varias postales con paisajes de mar y un anillo brillante envuelto en un pañuelo blanco. Todos los sobres llevaban la misma letra elegante en el remite y estaban dirigidos al abuelo, escritos hacía muchos años.
—¿Quién te escribía todo esto, abuelo?
El abuelo sonrió, miró un instante hacia la cocina, donde sonaba la voz de la abuela cantando, y luego volvió a mirar a Sara. —Eso, hija, es la historia más bonita de mi vida. Si me prometes guardar el secreto, te la cuento poquito a poco cada domingo.
Sara asintió muy seria. Aquellos domingos en casa de los abuelos ya no iban a ser iguales.