La profesora abrió la puerta justo cuando la clase estaba más ruidosa. Tras ella entró un niño que nadie conocía. Llevaba una mochila azul nueva, una libreta apretada contra el pecho y miraba al suelo. La profesora dio dos palmadas para que se hiciera el silencio.
—Niños, este es Adam. Acaba de llegar al colegio y a partir de hoy va a estar con nosotros.
Adam levantó un instante la mirada y volvió a bajarla enseguida. Algunos niños se dieron codazos y otros sonrieron con disimulo. La profesora le señaló una silla vacía al lado de Carlos, que era el más callado de la clase.
Durante toda la mañana, Adam apenas dijo nada. Cuando la profesora pasó lista, contestó con una vocecita muy baja. En el recreo, mientras los demás corrían al patio, se quedó sentado en el banco de la entrada con un cuaderno en las rodillas.
Carlos también solía pasar los recreos solo. Aquel día, sin embargo, se acercó al banco con dos galletas en la mano. Le ofreció una a Adam, sin decirle nada. Adam levantó la vista, sorprendido, y la cogió con cuidado. Después de un rato en silencio, Carlos le preguntó: —¿Y en tu colegio anterior tenías muchos amigos?
Adam tardó en responder. Luego abrió el cuaderno y le enseñó un dibujo: cinco niños jugando al fútbol en un patio. Debajo, una palabra escrita con cuidado, en otro idioma. —Esos eran mis amigos —dijo en voz baja—. Pero el sitio está muy, muy lejos.
Carlos le miró un momento. Después le devolvió la sonrisa que él no había podido dar todavía. —Aquí también puedes tenerlos.