Todos los días, a las cinco de la tarde, los vecinos del barrio veían pasar al mismo perro. Era un labrador grande, color canela, con el morro un poco blanco. Caminaba despacio hasta la esquina de la calle del Olmo, se sentaba junto al banco y se quedaba allí, quieto, mirando hacia el final de la avenida.
Lloviera o hiciera sol, hiciera calor o frío, el perro nunca faltaba. Algunos vecinos le llevaban agua en un cuenco. Otros se sentaban un rato a acariciarle. Él movía la cola con suavidad y se dejaba querer, pero nunca dejaba de mirar hacia el mismo punto.
Doña Carmen, la dueña de la papelería de enfrente, sabía la historia. El perro se llamaba Río y, hasta hacía un año, vivía con un señor mayor llamado don Andrés, que solía pasear con él dos veces al día. Cada tarde, después de comer, llevaba a Río al parque, le compraba el periódico en la papelería y luego volvían juntos a casa.
Un día, don Andrés se puso enfermo. Lo llevaron al hospital y no volvió más. Río se había quedado con un sobrino que pasaba poco tiempo en casa y le dejaba salir solo a dar vueltas.
Desde entonces, Río se sentaba cada tarde en aquella misma esquina. Doña Carmen creía saber por qué: por allí pasaba antes el camino de vuelta del parque. Río se sentaba a esperar, sin entender que la persona a la que esperaba no iba a aparecer.
—Pobre Río —decía siempre, secándose una lágrima con el delantal—. Algunos amigos no se olvidan nunca, ni siquiera cuando uno no entiende lo que ha pasado.