Cuando Mario llegó a casa el viernes a las cinco, sacó las llaves del bolsillo como cada día. Metió la llave en la cerradura y la giró una vez. Pero la puerta seguía sin abrirse. La giró otra vez más. Por fin entró: estaba cerrada con dos vueltas, una costumbre que su madre solo tenía cuando sabía que en casa no iba a haber nadie en muchas horas.
Eso le extrañó. A las cinco de la tarde, normalmente, su hermana mayor ya estaba en casa estudiando. Mario dejó la mochila y la llamó. Silencio. Pasó por todas las habitaciones. No había nadie.
Sacó el móvil y vio que tenía cinco mensajes sin leer. Llevaba el móvil en silencio desde clase de Matemáticas y no había oído nada. El último mensaje, de su madre, decía: "Mario, IMPORTANTE: ni papá, ni yo, ni tu hermana podemos llegar pronto. Súbete a casa de Pepe, hemos hablado con su madre. Llámame en cuanto leas esto."
Mario respiró hondo. La explicación del cerrojo encajaba ahora: si nadie iba a llegar pronto, su madre había echado las dos vueltas antes de salir por la mañana.
Subió a casa de Pepe, en el cuarto piso. La madre de Pepe abrió antes de que tocara. —¡Por fin, mi madre estaba preocupadísima! Pasa, anda, que Pepe estaba haciendo los deberes y te estaba esperando.
Mario, ya más tranquilo, dejó la mochila y llamó a su madre. Antes de que ella pudiera regañarle, dijo: —Mamá, perdona, tenía el móvil en silencio. La próxima vez lo activo al salir de clase, te lo prometo.