Una mañana de domingo, Hugo salió a jugar al jardín de su casa con la pelota nueva. Antes de empezar, sin embargo, oyó un piar muy bajito que venía de un seto. Apartó las ramas con cuidado y descubrió a un pájaro pequeñito, marrón, con el ala doblada en una postura extraña. Cuando intentaba moverse, daba unos saltitos y luego se paraba, agotado.
Hugo dejó la pelota en el suelo y entró corriendo a casa. —¡Mamá, mamá! Hay un pajarito en el jardín que no puede volar.
Su madre dejó el café encima de la mesa y salió con él. Después de mirarlo bien, dijo: —Ha debido de chocarse contra el cristal del salón. A veces les pasa, sobre todo cuando el sol se refleja.
Lo cogieron con mucho cuidado entre las dos manos, como si fuera de cristal. Hugo trajo una caja de zapatos vacía. La forraron por dentro con un paño suave y un poco de algodón, y dejaron al pájaro acomodado. Su madre llamó por teléfono al centro de animales del pueblo. Quedaron en pasarse al día siguiente, antes del colegio.
Hugo se sentó al lado de la caja durante toda la tarde. Le hablaba en voz baja, le contaba cosas y le dejaba pequeños recipientes con agua. Cuando llegó la noche, miró por última vez al pájaro antes de irse a dormir. Le pareció que respiraba más tranquilo.
A la mañana siguiente, mientras desayunaba, su madre le dijo: —Hugo, hay buenas noticias. El pájaro se ha recuperado un poco esta noche. Los del centro creen que en pocos días podrá volver a volar. Hugo sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, le entraron muchísimas ganas de ir al colegio.