Antes de que existiera la electricidad, las personas necesitaban encontrar fuerzas naturales que pudieran trabajar por ellas. Una de las soluciones más ingeniosas fue aprovechar el viento usando los molinos de viento, unas máquinas que llevan funcionando más de mil años.
Un molino de viento es básicamente una torre con unas aspas grandes en lo alto. Cuando el viento sopla, las aspas giran. Ese movimiento se transmite mediante engranajes a un eje que entra dentro de la torre y pone en marcha alguna herramienta. La fuerza del viento queda así convertida en trabajo útil para las personas.
El uso más conocido era moler grano. El eje hacía girar una gran piedra circular que aplastaba el trigo o la cebada contra otra piedra fija, y así se conseguía harina para hacer pan. Por eso, en muchos pueblos había un molino al que la gente llevaba sus cosechas.
En lugares con poca agua, los molinos también servían para sacar agua de pozos profundos. Las aspas movían una bomba que subía el agua hasta la superficie, donde podía usarse para regar los cultivos o dar de beber al ganado.
En Castilla-La Mancha, en España, todavía se conservan molinos blancos en lo alto de las colinas. Son los mismos contra los que peleaba Don Quijote en la famosa novela de Cervantes, confundiéndolos con gigantes. Hoy los molinos antiguos se cuidan como monumentos. En cambio, los modernos molinos de viento, mucho más grandes y con tres aspas, sirven para producir electricidad limpia.