Lucía cerró los ojos un momento. El olor a sal le picaba en la nariz y el viento le revolvía el pelo. Bajo sus pies descalzos, la arena fina aún conservaba el calor del mediodía. Llevaba el cubo en una mano y la pala en la otra, aunque ya tenía once años y le daba un poco de vergüenza usarlos delante de su primo mayor.
A lo lejos, un grupo de gaviotas chillaba peleándose por un trozo de pan. Las olas rompían con un rugido constante y una sombrilla amarilla, plantada cerca de la orilla, se inclinaba a punto de salir volando. Su madre, sentada bajo ella, leía una revista y le hacía señas para que volviera antes de que bajara el sol.
—¡Que se hace tarde! —gritó.
Lucía dio dos pasos más hacia el agua. Notó la espuma fresca subiendo por sus tobillos. Decidió que aquel sería el último chapuzón del día, aunque sabía perfectamente que no.
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