La señora Pilar llegó a casa el sábado a las siete de la tarde, justo cuando empezaba a oscurecer. Al encender la luz del salón vio, en el suelo, los restos de su jarrón azul de porcelana favorito. La mesita estaba descolocada y, junto a los trozos, había unas huellas húmedas que iban hacia la cocina.
En la casa solo podían haber estado, durante esa tarde, las tres personas que tenían llave: su hijo Pablo, su sobrina Andrea y el pintor Juanjo, que estaba terminando una pared del pasillo.
Pilar empezó a investigar. Pablo, según el calendario de la cocina, tenía partido de baloncesto a las cinco y media en el polideportivo. Le mandó un mensaje y Pablo le contestó al momento con una foto: aparecía sudando, con la camiseta del equipo y el reloj del polideportivo marcando las 19:02 al fondo.
El pintor Juanjo había dejado una nota en la nevera: «Pilar, salí a por más blanco a la ferretería a las 18:15. Vuelvo a las 19:30». Pilar comprobó que efectivamente los botes vacíos seguían junto a la pared, y que la mancha de pintura en los escalones del portal estaba completamente seca.
Andrea, la sobrina, había estado por la tarde, eso seguro: encima de la mesa del comedor estaba su gorro de lluvia mojado y, en el felpudo, un paraguas plegado del que aún goteaba agua. La taza de té estaba en el fregadero todavía templada. Pero Andrea no le había avisado de su visita, ni le había dejado nota, ni había contestado a las dos llamadas de Pilar de los últimos quince minutos.
Pilar se sentó, respiró hondo y se dijo: «Vamos a pensar despacio». Las huellas húmedas del suelo iban hacia la cocina, no hacia la salida. Y ya casi sabía quién había roto el jarrón… aunque también empezaba a entender por qué esa persona se había marchado sin decir nada.
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