Don Mateo llegó al local a las cinco y media de la mañana, como cada día. Encendió las luces, se ajustó el delantal blanco y comprobó que la temperatura del horno fuera la correcta. Sobre la mesa de mármol esperaban tres sacos: uno de harina de fuerza, otro de azúcar y otro de almendra molida.
Mientras la masa madre se acababa de despertar dentro de su bote, él fue separando bolas de doscientos gramos cada una. Las pesaba en una báscula vieja que llevaba con él desde que su padre le enseñó el oficio, cuando aún no levantaba dos palmos del mostrador.
A las siete en punto, el primer cliente empujó la puerta. Era doña Ana, la del segundo piso, que venía como siempre a por dos barras de cuarto y una bolsa de magdalenas calientes para sus nietos. Don Mateo le sonrió con los ojos cansados, se limpió las manos manchadas en el delantal y empezó a envolver el pedido en papel de estraza.
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