Cuando Beltrán llegó al pueblo, ya había caído la noche. La única luz venía de los candiles colgados en las puertas de las pocas casas que aún tenían a alguien despierto. Su caballo, agotado tras dos jornadas de camino, bebía despacio del abrevadero de la plaza.
Sacó de su zurrón un sobre lacrado con un sello rojo. Llevaba semanas esperando una respuesta del rey y, por fin, el correo real le había alcanzado en la última posada del camino. Sin saber leer él mismo, buscaría al amanecer al escribano del pueblo para que le explicara el contenido.
Antes de retirarse a dormir, Beltrán comprobó que su espada seguía bien atada al cinto y revisó dos veces que el sobre estaba a buen recaudo. No quería que ningún ladrón se hiciera con él durante la noche, pues sabía que el camino hasta el castillo aún era largo.
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