Cuando Hugo llegó a clase, vio que su mochila estaba en el suelo, abierta, y debajo había un pequeño charco que se extendía hasta los pies de la silla. Olía un poco a zumo. Aquella mañana había salido con prisas: ni siquiera había desayunado y tenía clarísimo que no había cerrado bien la cremallera del bolsillo lateral.
Al sacar el cuaderno de Matemáticas, las hojas estaban arrugadas y manchadas de naranja. Miró a su lado y vio que sus compañeros también traían cara de prisas. Lo que pasaba estaba claro: ese miércoles la profesora había puesto examen sorpresa la semana anterior, y nadie había dormido lo suficiente preparándolo.
—Hoy nadie ha desayunado tranquilo, ¿verdad? —dijo la profesora al entrar.
Por la ventana, las hojas amarillas caían sin parar. Hugo se tapó la garganta con la bufanda. Había vuelto a olvidarse el abrigo y, como todas las mañanas de aquella semana, había empezado a toser de camino al cole.
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