El grupo de cuarto y quinto había salido por la mañana al pinar para montar el campamento. A media tarde, las tiendas ya estaban casi listas: les faltaba clavar los últimos vientos y atar las cuerdas a los árboles. Olía a comida, a sudor y a ese olor seco a tierra antes de una tormenta.
El monitor Pablo levantó la mirada al cielo. Las nubes, que por la mañana eran blancas y esponjosas, se habían vuelto grises y luego casi negras. Soplaba un viento extraño que doblaba las copas de los pinos como si fueran ramitas. A lo lejos, muy a lo lejos, se oyó un trueno seco.
—Chicos, dejad las tiendas a medio montar —dijo serio—. Recoged solo las mochilas, los abrigos y las cantimploras. Vamos al refugio de piedra de los guardas, y deprisa. Mañana decidimos qué hacemos con el resto.
Marta, que ya tenía el saco extendido dentro de su tienda, frunció el ceño. No entendía por qué tenían tanta prisa si todavía no llovía. Pablo le pasó la mano por el hombro y le dijo, sin perder de vista el cielo: «Tú confía».
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