Sara entró en clase con la mochila colgando de un solo hombro y la mirada baja. Se dejó caer en la silla sin saludar a nadie, dejó el cuaderno encima de la mesa pero no lo abrió y se quedó mirando un punto fijo del pupitre, como si allí hubiera algo muy importante que solo ella podía ver.
Cuando la profesora repartió la nota del examen de Matemáticas, Sara le dio la vuelta al folio antes de mirarla. Lo agarró con las dos manos, suspiró fuerte y, después, lo metió rápido dentro de la carpeta sin enseñárselo a nadie. Su mejor amiga, Lucía, le susurró por detrás: «¿Cuánto has sacado?». Sara solo se encogió de hombros.
En el recreo, Sara fue al banco del fondo del patio, ese que casi nadie usa porque le da el sol de cara. Sacó un bocadillo, pegó un mordisco pequeño y lo dejó al lado, sin más ganas. Lucía la siguió de lejos y, al sentarse a su lado, vio que tenía los ojos rojos.
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