El espeleólogo se ajustó el casco y encendió la linterna frontal. La entrada de la cueva era estrecha, pero unos pasos más adentro se abría una sima enorme: un agujero profundo en la roca, tan hondo que la luz de la linterna no llegaba al fondo. Una piedra que lanzó tardó casi tres segundos en chocar.
Avanzando con cuidado por la pared, encontró las primeras estalactitas: aquellas figuras alargadas y puntiagudas que colgaban del techo, formadas gota a gota durante miles de años. En el suelo, justo debajo, crecían sus parejas, las estalagmitas, apuntando hacia arriba.
Más al fondo, sobre una pared lisa, descubrió algo que le dejó atónito: unas pinturas de animales pintadas en color rojizo. No se movía, no respiraba, solo miraba con la boca abierta. Llevaba años buscando un hallazgo así.
Al volver al campamento, el equipo le esperaba. Antes incluso de que pudiera quitarse la mochila, todos empezaron a hacerle preguntas a la vez. Levantó la mano para pedir silencio y, con la voz aún entrecortada, prometió contarles todo después de un buen vaso de agua.
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