Vivo en la calle Las Acacias desde que nací. Frente a mi portal, hasta hace dos años, había un parque pequeño, con tres olivos viejos, dos bancos pintados de verde y un columpio que chirriaba siempre que alguien se subía. No era nada del otro mundo, pero allí jugábamos a las cartas con mi abuelo y los mayores del bloque sacaban las sillas al fresco las tardes de verano.
El año pasado, el Ayuntamiento decidió que el solar serviría mejor como aparcamiento. Talaron los olivos en una mañana. Los bancos los rompieron al cargarlos al camión. Ahora hay treinta y cinco plazas de coche y un cartel que dice «zona azul». Los mayores del bloque ya no salen al fresco; dicen que el ruido de los motores no les deja oír ni la radio.
Cada vez que paso por delante, miro el suelo gris y me acuerdo del olor de aquellos olivos en primavera. No tengo nada en contra de los aparcamientos. Pero me pregunto si no había alguna otra calle más fea, más vacía, más triste, donde colocarlo.
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