Mi hermano Diego salió de casa esta mañana sin chaqueta, sin paraguas y con las zapatillas blancas recién compradas. Mi madre, asomada a la ventana mirando las nubes negras, le dijo desde arriba: «¡Vaya día has elegido para estrenar las zapatillas, hijo, qué buen ojo tienes!». Diego sonrió y se fue silbando.
Cuando volvió, a las dos del mediodía, llovía a cántaros. Diego entró en el portal escurriendo agua por todas partes, con el pelo pegado a la cara y las zapatillas convertidas en dos esponjas marrones. Mi padre, sin levantar la vista del periódico, soltó: «Hijo mío, eres un sol».
Mi abuela, que estaba en la cocina, lo miró de arriba abajo y dijo aquello que tantas veces le había oído: «Cuando no sirvas para nada, mira al cielo antes de salir». Y añadió, como siempre: «No por mucho madrugar amanece más temprano, pero mojarse antes de mojarse, eso solo lo hacen los tontos».
Diego no se enfadó. Se quitó las zapatillas, las puso al lado del radiador y le contestó: «Abuela, si lloviera dinero, también saldría sin paraguas».
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