Lo veo cada tarde en el parque. Los niños corren, se caen, vuelven a correr, ríen y, mientras tanto, sus padres miran la pantalla del móvil. Estoy convencida de que la mayoría no lo hacen por desinterés, sino por costumbre. Pero esa costumbre, en mi opinión, hay que cambiarla.
Un niño de seis o siete años necesita que sus padres le miren cuando le sale bien un equilibrio. Necesita que celebremos su salto, que aplaudamos su carrera, que respondamos a su pregunta sobre por qué los pájaros vuelan en grupo. No es una exigencia caprichosa: es así como aprende que lo que hace importa.
Por desgracia, los móviles atrapan nuestra atención mucho más de lo que reconocemos. Cada notificación es un pequeño tirón que nos saca del banco del parque y nos lleva a otro sitio. Creemos que estamos "ahí", pero realmente no estamos.
No estoy proponiendo prohibir el móvil. Cada cual sabe lo que hace con su vida. Solo pido un gesto pequeño: cuando lleves a los niños al parque, deja el teléfono en el bolso una hora. Una hora completa, sin mirarlo. Será para ellos un regalo más valioso que cualquier juguete.
Y, sin darnos cuenta, también será un regalo para nosotros mismos. Porque ver a un niño jugar, de verdad, sin filtros, no se parece en nada a ninguna pantalla.
— Texto de 273 palabras —