Mateo cerró la mochila con un golpe seco. Mañana empezaba el curso. Su madre, desde la cocina, lo llamó con esa voz que ponía cuando todo iba bien y nada iba bien al mismo tiempo:
—¡Mateo! ¿Has revisado los libros? ¿Tienes el chándal preparado? Anda, ven a cenar, que mañana hay que madrugar.
Él se sentó a la mesa sin levantar la vista. Qué cena tan estupenda, pensó mientras pinchaba un trozo de tortilla que se le caía del tenedor. Lo había decidido durante el verano: este año no iba a contarle a su madre lo que pasaba en clase. Para qué. Otra reunión más con la tutora, otra promesa de la profe, y al final lo mismo de siempre.
—¿Estás bien? —preguntó ella, sentándose a su lado.
—Sí. (Tres segundos de silencio.) Solo cansado.
Su madre apoyó la mano sobre la suya, despacio, como quien posa algo frágil.
—Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿verdad?
Mateo asintió. Pero no dijo nada. Fuera, el cielo de agosto se había puesto de un azul muy oscuro, casi de septiembre.
| Aspecto | Respuesta |
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| Tipo de texto | |
| Intención del autor | |
| Tono predominante | |
| Tema (en una frase) |