Marcos llevaba todo el curso esperando la final del torneo escolar. Su equipo, los Lobos, había ganado un partido tras otro, y aquel sábado por la mañana se jugaban el trofeo en el campo del colegio. El cielo estaba despejado y las gradas llenas de familias.
El partido empezó bien, pero a los veinte minutos Marcos cometió un error: pasó el balón hacia atrás sin mirar y el delantero rival lo aprovechó para marcar. Los Lobos se hundieron. A los pocos minutos, encajaron otro gol. Marcos sentía que todo era culpa suya y no se atrevía a levantar la cabeza.
En el último minuto, su compañera Aroa le pasó el balón cerca del área. Marcos respiró hondo, recordó las palabras de su entrenador —«juega tranquilo»— y disparó. El balón entró por la escuadra. No ganaron, pero el empate les supo a victoria. Marcos volvió a casa convencido de que un fallo no define a un jugador.