Aquella tarde, Marta subió al escenario del teatro municipal. Había unos cuatrocientos espectadores y los focos le daban directamente en los ojos. Tenía solo doce años y era la finalista más joven del concurso regional de piano.
Mientras esperaba el silencio del público, su cabeza voló muy lejos del escenario. Recordó la tarde en la que su madre la había llevado por primera vez a la escuela de música. Tenía nueve años, las manos demasiado pequeñas para alcanzar bien las teclas y muchísima vergüenza. Aquella primera profesora, la señorita Elvira, le había dicho: «No te preocupes por equivocarte. Equivócate todo lo que necesites; así aprenderás más rápido.» Durante tres años, había repetido escalas y estudios mil veces, llorando algunas tardes y riéndose otras.
El público dejó de toser. Marta colocó las manos sobre el teclado, respiró hondo y empezó a tocar. Cuando sonó la última nota, el teatro entero se puso en pie.